La
información médica oficial planteada a través de las guías de práctica clínica muestra apenas una diminuta perspectiva
de lo que es el Síndrome depresivo, un complejo conjunto de enfermedades que
giran en torno a los altibajos de la vida afectiva del individuo.
Forjar
una nueva ventana del conocimiento alrededor de este complejo síndrome de
origen cultural implica recurrir a una diversidad de soportes bien definidos
como lo son la filosofía, la epistemología, y ciencias como la antropología, la
sociología, la pedagogía, la psicología y la medicina.
Con
ella, podremos deambular científicamente sin los cinchos positivistas que han
nublado la comprensión y que han dejado a la medicina sentada, literalmente,
observando la punta del iceberg del síndrome de la depresión, declarando en la lobreguez
de sus consultorios que esta no tiene cura, y mucho menos que se puede
prevenir.
Cuando
un paciente se acerca a los servicios médicos ignora que el sistema mundial de
salud se rige por paradigmas que intentan entender al enfermo en depresión como
un proceso causa-efecto en un pequeño lapso del tiempo de su vida, y donde solo
hay que consignar cantidades de datos y frecuencias de los mismos, para dictar
los planes terapéuticos a seguir, ignorando su enorme complejidad subjetiva.
El
humano desde que nace se enfrenta a un microambiente exigente, donde sus
progenitores ya están comprometidos con los flujos de la globalidad; donde es
sometido a una serie de imperativos sociales que culminaran dos décadas más
tarde, cuando la familia entregue a la sociedad un sujeto bien adaptado y
excelente consumidor de la industria cultural.
La
persona humana habría de ser la meta última de la sociedad en el ámbito de la
crianza, con los irremediables resultados de la surgencia de sujetos
autárquicos con libre albedrío en toda la posibilidad de la temática humana.
Sin embargo, la industria cultural se mueve convenientemente en terrenos
fangosos con tal de tener el control financiero mundial.
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