jueves, 21 de marzo de 2013

UNA NUEVA PERSPECTIVA


La información médica oficial planteada a través de las guías de práctica clínica muestra apenas una diminuta perspectiva de lo que es el Síndrome depresivo, un complejo conjunto de enfermedades que giran en torno a los altibajos de la vida afectiva del individuo.

Forjar una nueva ventana del conocimiento alrededor de este complejo síndrome de origen cultural implica recurrir a una diversidad de soportes bien definidos como lo son la filosofía, la epistemología, y ciencias como la antropología, la sociología, la pedagogía, la psicología y la medicina.

Con ella, podremos deambular científicamente sin los cinchos positivistas que han nublado la comprensión y que han dejado a la medicina sentada, literalmente, observando la punta del iceberg del síndrome de la depresión, declarando en la lobreguez de sus consultorios que esta no tiene cura, y mucho menos que se puede prevenir.

Cuando un paciente se acerca a los servicios médicos ignora que el sistema mundial de salud se rige por paradigmas que intentan entender al enfermo en depresión como un proceso causa-efecto en un pequeño lapso del tiempo de su vida, y donde solo hay que consignar cantidades de datos y frecuencias de los mismos, para dictar los planes terapéuticos a seguir, ignorando su enorme complejidad subjetiva.

El humano desde que nace se enfrenta a un microambiente exigente, donde sus progenitores ya están comprometidos con los flujos de la globalidad; donde es sometido a una serie de imperativos sociales que culminaran dos décadas más tarde, cuando la familia entregue a la sociedad un sujeto bien adaptado y excelente consumidor de la industria cultural.

La persona humana habría de ser la meta última de la sociedad en el ámbito de la crianza, con los irremediables resultados de la surgencia de sujetos autárquicos con libre albedrío en toda la posibilidad de la temática humana. Sin embargo, la industria cultural se mueve convenientemente en terrenos fangosos con tal de tener el control financiero mundial.

Hay que reconocer que la ciencia médica coincide en que las enfermedades mentales no tienen determinantes genéticos, lo que nos deja ante un tema ineludible, el aprendizaje social.

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